Cuando Juan Bosch publica sus primeros cuentos, la tradición de la narrativa corta dominicana no hace separación del cuento y de las leyendas narradas como tales. En su obra titulada “Veinte cuentos de autores dominicanos”, Max Henríquez Ureña antologa las leyendas como una modalidad el cuento, pero haciendo la aclaración de las diferencias e incluye hasta 1938 las tradicionales narraciones de hechos acontecidos en el país en diversas épocas, en textos que si bien están bien logrados en su modo escritural, intentan ser fieles en la realidad narrada. Tal es el caso de autores como César Nicolás Penson y Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, entre otros, y de algunos de los relatos de Sócrates Nolasco, quien sobresale por su nítida prosa y su modo atractivo de narrar el pasado de la montonera.
Henríquez Ureña señala que antes de la aparición de Bosch como narrador hubo una afluencia de autores que usaron del relato y el cuento como una forma nada secuencial. Los cuentos sueltos, las creaciones de uno o dos cuentos o relatos están dispersas en muchos diarios, revistas y publicaciones, como muestra saltarina del cuento dominicano durante el siglo XIX. Lo mismo que la novela dominicana del siglo XIX, los autores fueron cultores del género de modo aislado y ninguno se acercó al cuento con la intención de hacer carrera literaria a partir del mismo. A cuenta gotas aparecen las narraciones cortas, pero es en los comienzos del siglo XX cuando se aprecia cierta calidad revelada ya poco antes de sus inicios en el escritor José Ramón López, cuyos “Cuentos puertoplateños” serían un avance secuencial de cuentos concatenados en un libro.
A partir de aquellos momentos, 1904, el relato corto y el cuento encontraron cultores con calidad destacable y buen manejo de la lengua en José M. Pichardo, Gustavo Adolfo Mejía Ricart, Fabio Fiallo. Tomás Hernández Franco y otros. El tema de la montonera será de los más privilegiados, y las guerras civiles producirán argumentos para una larga secuencia de personajes manejados por autores de prosa varia como Tulio M. Cestero, Sócrates Nolasco y luego Rafael Damirón. Henríquez Ureña acierta plenamente cuando afirma que toda esta literatura, incluida la novela, de pobre producción, se basaba en el pasado más que en los hechos presentes, y por lo tanto marcaba un rumbo histórico que reproducía, decimos nosotros, momentos que la tradición popular recogía casi como historias de la vida cotidiana. Como si el material para el cuento se encontrara pre-diseñado por la tradición y la cotidianidad y sólo faltara acomodarlo a la literatura.
La introducción escrita a su antología por Henríquez Ureña parece ser clave para entender la producción del cuento dominicano hasta el año 1938, cuando incluye lo que para mí son dos cuentos excepcionales: “La mujer”, de Juan Bosch, y “El tren no expreso”, de Julio Vega Batlle. “La mujer” vio la luz en el año 1933, o sea cinco años antes de que Henríquez Ureña incluyera el cuento en su antología; “El tren no expreso”, de Vega, se publicaría antes de 1938, puesto que de esta fecha es la primera edición de la citada antología, y lo mismo otro cuento de corte supra-realista, como lo fue “El espejo-ustorio”, narraciones que integran dos excelentes líneas modernizantes, sobre una de las cuales Bosch trabajaría más tardíamente como acontece con el cuento fantástico antologado por José Carvajal, y presentado por Seymour Menton a mediados del año 2008, en la ciudad de Miami. Si bien Bosch alcanzaba con “Camino real” un inicio de continuidad, Vega, un narrador con obra posterior donde el surrealismo a veces es en parte evocado y utilizado, no continuó en el camino del cuento como Bosch, y se apartó de la cuentística en la que logró con los ejemplos citados una arrancada novedosa y al día en lo relativo al cuento caribeño. La línea inaugurada por Vega emergió más tardíamente en el cuento dominicano, pero hubo antes magníficos modelos en la obra de Tomás Hernández Franco como “El hombre que perdió su eje” ya de 1926. Las tres modernidades que sobresalen en esta primera antologación del nuevo cuento dominicano, son, sin duda, la de Bosch, la de Hernández Franco y la de Vega Batlle. La línea del cuento fantástico y la del cuento realista se encuentran ya antes de 1940, en obras a mi juicio perfectas. “La mujer”, de Juan Bosch, cuento anterior a 1933, y traducido al francés ese mismo año por Georges Pillement, rehacía el molde de la cuentística nacional usando de una sobriedad de palabras antes nunca lograda, y un modelo descriptivo que se mueve entre el paisaje, la tragedia, la soledad y la crítica social, integrados en el más trágico simbolismo. El libro de Bosch camina hacia esa diferencia capital señalada por Henríquez Ureña: la presencia de la sociedad actual de la época y no la reconstrucción de escenas y hechos tomados de la historia dominicana, o del anecdotario nacional y nacionalista.
Bosch: Consolidación del cuento dominicano
En el año 1938 comenzaba a engrosarse el cuento dominicano. Si antes la obra cuentística de José Ramón López fue compacta en lo relativo a una temática de orden social, nuevos autores vendrían a heredar el modelo sugerido por Bosch con los cuentos recogidos en su citado libro algunos de cuyos relatos son anteriores a 1933. Los finales de los años 30 del siglo XX vieron el desarrollo de valores nuevos como Ramón Marrero Aristy, Ramón Lacay Polanco, Néstor Caro y José Rijo, los que siguieron en general la línea realista del momento, encabezada en América por autores como Ciro Alegría, Jorge Icaza, Rómulo Gallegos, y otros.